notas para mi psiquiatra

Octubre

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Terminé de leer un libro, de darme cuenta que no importa cuanto empujes a alguien para que se anime a hacerlo; si sus ganas están muertas, es capaz de ahogarse sosteniendo su propia respiración. 

Terminé de desesperarme, de tomar una nueva hoja blanca y ponerle un titulo con la esperanza de algún día llenarla de letras. Terminé dándome cuenta que mis pendientes penden como la lista de un cocinero. Si no hay pedidos nuevos, no hay ganas de seguir moviendo la sartén. 

Terminé de darme cuenta que el coraje siempre me trae a las letras. Hoy le pedí primero un paseo por los pendientes y las cuentas por pagar con agradecimiento. La gente que me empuja a avanzar me quiere ver caminando. No quiero ser como el lector que no sabe leer, como el historiador que de todo se olvida, o como el amigo que olvida en que momento la unión de destinos se volvió etiqueta.

Hay pasos que deseo dar, reinos que construir y aires que respirar. Pero nada va a suceder si permanezco un día más tapándome la nariz antes de entrar a la alberca.


χρυσαλλίδα

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De “nuevo” me va quedando cada vez menos. 

Abro una lata de refresco de esas que se hunden porque su alma y materia prima son más densas. He cambiado mi medicación a media al día y me pregunto por qué me ha tocado siempre amar en círculos.

Ya sé que las cosas están rotas, pero insisto en volver a mirarlas desde abajo para engañarme un ratito y pensar en todo el pedazo intacto que aun les queda. Cuando me acerco a la fractura: la veo, la toco como un niño tocaría a un perro dormido para comprobar si está muerto; y finalmente retrocedo. Así me gusta mirar por ciclos hasta que la fractura avance y siga rompiendo. Después me quedo por años con los pedazos. Luego busco otra pieza frágil e insisto encima de su estructura hasta partirla. 

Como una rueda de la fortuna para niños pequeños en la que te subes una vez y después de hacerlo la gracia no cambia, ni crece, ni se acelera. Así pasa con el esquema de las básicas horas y de las piezas rotas. Si permanezco inmóvil, las cuarteaduras no engrosarán sus venas, pero si intento caminar y hacerme preguntas (que casi siempre se convierten en rueditas para pasear sueños) las piezas comienzan sin más a partirse. Y ahí es donde yo y mi lata de refresco esperamos frescos que el aire se calme, que las neuronas se abracen, que los cromosomas se comprometan, que los sueños no se entrometan y si lo hacen comiencen a caminar despacio. 

Ya me supieron que no se puede tener todo en la vida. Pero es que me voy cansando de que me sé especialista en antigüedades quebradas, en sueños de piernas cortadas y en planes mongólicos paridos a escondidas y criados en el sótano.

Ya me supieron que no podré mucho sin los papeles, y ya les sé de papeles inútiles que son como la alfombra de aladino. Yo bebo en frío  en caliente y en hervores de las fracturas que (no casualmente) siempre son canales por donde vienen sabrosos ríos.

Yo, me detengo a ver (cuanto tardaría en arreglar con súper goma) lo destruido porque me crearon con la intención de servir y aliviar.

Los deseos del mozo a nadie le importan. Ha frotado muchas lamparas mientras limpia, pero de ninguna ha salido nada que no sean las manchas; ha cuidado varias fracturas tratando de encontrar similitud con las suyas. 

Nadie me supo que las crisálidas no se cuartean.

Lo del insecto, desde siempre lo he tenido claro.


Nube y Árbol

Todavía me acuerdo de la primera vez que supe de ti. Eras una fotografía borrosa que caminaba con unas piernas flaquitas muy cortas, formadas por las palabras que acompañaban tu imagen a modo de descripción. Después, lo que ya sabes y que siempre comentamos entre risas; que en el teléfono parecías un experto en seducción y tenías un humor magnifico que me llegó a encantar con el paso de los días. Que me dijiste perra y que desde entonces cuando me enojo contigo te recuerdo que me comparaste con los perros que ladraban cerca del teléfono publico del que te llamaba en las noches con lo que me sobraba de cambio después de pasar por el ciber.

Parece que el tiempo no ha pasado. Si no fuera por los montones de fotos que hemos hecho juntos y la forma tan particular que tengo de mal educarte, no habría modo de ver la diferencia entre el antes y el después de estar juntos. Yo supongo que solo he cambiado para mal. Cuando te veo me doy cuenta que tengo miedo de crecer y de entenderte menos. La distancia matemática que separa nuestros años de nacimiento siempre se deja ver en mi escasa manera de ser, pues sigo respondiendo a las adversidades soñando. Mientras tu haz cambiado los días eternos y holgados por domingos de trabajo y horas muertas dentro de los transportes (aunque parte de eso, es culpa tuya; eres especialista en escoger las rutas mas largas).

Comparo; y no por aplicar en ti el ejercicio que más asco me genera realizar, las venas que salen de los otros árboles familiares y el nuestro. Hay veces en las que soy feliz de saber que nuestro árbol crece sin cercas que delimiten su espacio, y con orgullo veo como nosotros no somos como los de más, que están rodeados por jardineras o trampas. Pero hay días en los que despierto y haz mandado sacar tierra por alguno de los lados para que se deje de crecer. Supongo que a veces tu piensas lo mismo. 

Aún no se en donde está mi botón de la atención. Seguramente no solo te desespera lo usual, también mi falta de decisión y mi inamovilidad. Ya sé que te fatigan mis desvelos improductivos y mi conocimiento basto sobre el gueto de este país del que los dos sacamos conclusiones. Lo bueno es que al amanecer vuelvo a ser el mismo que conociste. Supongo que cuando estoy dormido vuelve a tu memoria lo poco de bueno que he tenido. Ahora mismo, me acuerdo de los tenis rojos y de las veces que te cargaba frente a todo el mundo sin importarme nada. Del Pez y de Alpes. De las puertas sin seguro y la plaza que está junto al hotel más caro que hemos pagado. De los días que tomábamos café hasta alterarnos los nervios en el restaurante aquel del árbol al medio que no existe más. 

Siempre quiero, ya sabes tu, escribir sobre esto o sobre aquello. Terminar la pagina del negocio y volver de alguna manera a tener de aquello que hemos tenido cuando la tierra está de buenas y nos da frutos chidos, pero, sabes. Me he puesto a pensar que no es eso lo que estoy tratando de darte. Lo que quiero es volver a tener de esos días en que éramos tan lejanos que nos extrañábamos mucho. Y tan cercanos que nos dolíamos a la hora de decir hasta luego. No sé que sea.

Para esta parte de las letras, seguramente ya formaste una ola gigante que amenaza frente a ti con llevarse todo después de su impacto. Quiero que poco a poco vayas haciendo pequeño ese muro de agua que esperas ver y lo conviertas en un pacifico vaivén que le moje los pies a tus recuerdos, pues de la nube que eres no pienso hasta el día de hoy separarme nunca. Sin importarme la cantidad de veces en las que te he visto convertirte en tormenta, en oscuridad y truenos, a veces en sombra y otras más en una difusa pelusa de algodón que blanquea apenas el azul que abraza el océano de los pensamientos que tengo puestos en el cielo. He visto mi reflejo en el espejo y me sigue diciendo que le aburren las tardes despejadas.

He empezado a creer que conozco bien éste atlas de las nubes y sé a que dirección quieren acercarse. 

¿Lo sabes tú?


Números Rojos

Un ojo espía se encuentra atento a mis letras, el café que dejé en el barandal de la estación de metro, supongo, se sigue enfriando.

Una vez más, no sé para adonde voy.

Me tomo la molestia de asistir a donde no me han llamado, de gastar lo que no me han solicitado, de estar en un lugar donde daría igual si no estuviera y de enojarme, por no ser tomado en cuenta, donde nunca fui requerido.

Poco a poco comienzo a notar que soy bueno; bueno, a según la etiqueta que dicta como deben ser los buenos.

Me sigo desprendiendo con facilidad de aquello que de manera difícil llegó a mi. Tal parece que no me importa el esfuerzo del universo, ni el soplar de mis labores sobre las hojitas de ese árbol seco llamado destino.

Doy, pero olvido escribir en el sobre que lleva la dádiva una nota: aprenda a corresponder.

Riego una planta inconscientemente en mitad del otoño y espero a que sea mañana para verla retoñar, pasan tres días y vuelvo al refugio que me brindan las letras.

Abro una nota nueva y las líneas que trazo se vuelven un hilo que de nueva cuenta se afianza al ombligo de mi serenidad, olvido escribir una nota en el cordón: Deje de dar.

Me alivio y busco de nuevo a alguien que no pide mi ayuda para darle toda la posible.

Me desvío, pero siento felicidad cuando escucho hablar de los jardines ajenos, de sus coloridas flores y perfumes danzantes, me conformo con nunca haber visto si lo dicho por ellos es real. Intento mirar para el lugar donde deberían estar esas flores, (que también deberían ser mías) y encuentro una nota:

Aquí nada es suyo,

por que nadie le pidió dar.


Estable (?)

Hay una tabla de surf bajo mis pies, puliendo silenciosa las crestas que coronan a las olas de lo que siempre me rehúso a reconocer.

Arriba: mareos, síntomas y creencias. Una cosecha lista y una mujer blanca tocando una campana. En la mente una cena servida que me niego a comer, pero que desde lejos gusto de mirar constantemente. En la memoria: un olor que me gusta recordar y doblar secretamente entre los pliegues de la ropa que me pongo a diario en el pasado; en mi playera verde, en una camisa negra 3 tallas mas grande. En los oídos una sonaja que me gusta mecer entre recuerdos; el tic tac de un reloj de adulto que me ponía de niño, la lampara que metía debajo de la litera para escribir desde el único rincón iluminado y desierto, en medio de una independencia sabrosa, de color azul viejo y de dieciséis metros cuadrados. En el estomago: aventuras que están ocultas bajo las grasientas olas de ésta cuerda desajustada, en la que muchos cuelgan y a la que llaman destino. En alguna parte del alma: un intento desesperado de amor aferrado y una historia naciente de la necedad; siempre tocando a la puerta. Una celosa estrategia que deja notas sobre billetes bajo la puerta. Y la flauta sonando siempre bien ajustada, pese a la realidad de ser mitad barro y mitad leña.

Una risita que se sube al avión que de vez en cuanto le prestan, pese a saber que baja más indispuesta y diez kilómetros atrás de donde había subido. Un cohete sin dientes y un tanque de guerra sin moral que avanzan escoltando una voluntad falta de carácter y escasa de si misma. La escarcha salada de una copa, que cuenta cada grano como un pecado y como diez reproches que vienen grabados en la mente desde que el vidrio era arena. Un sueño soñado por el alma incansable y misteriosísima, pues cada día que vivo confirmo que no hay ser más difícil de entender en este mundo que una mujer de más de catorce años. La batalla, la conquista callada que obtengo y de la que no puedo hacer gala. Yo también intento tener un cofre, pero este siempre ha gustado de volverse vitrina. De pasearse entre andadores vacíos para ser visto desde abajo. De cerrarse cuando debe abrirse, de irse cuando debe apartar un lugar.

Tambores que se encuentran en los espejos. Mirarse por mas de diez segundos fijo a los ojos de un reflejo ajeno de narciso, hasta dejar salir una traviesa gota de agua a navegar el sueño de las visiones. Un liquido cansado de respirar colores pero jamás verlos. Una cubierta de cristal: agradecida con las cortinas que le protegen y limpian cada vez que un proyectil de realidad polvosa se anima a caer sobre él, con el único fin de beber un poco de inocencia salada. Un grano de arena. Una gota de mar. Una lista enorme de sonidos que traspasan los ojos por detrás. Una ola de dos bocas por las que sale basura y entra de todas partes aire. Un poema aromático, un perro que está dejando de estar a plena luz del día. Un montón de planes que empiezan a verse amarillos y que sigo abrazando por que nacieron de mi. Por que mi madre también abraza a su plan con la misma frescura que hace veinticuatro años, por que el plan no se pudre, pero ha empezado ya a cansarse, de estar volando en la mente y no aterrizar nunca, solo por temor a estrellar.

Hay un equilibro que se presenta en instantes. No puedo tomar café, ni dejar de llevarme la mano al pecho. El avión siempre viaja sin cosecha, la tierra tiene urgencia de generar nuevos frutos. La mente no quiere saber de lutos, ni de penas. La escarcha de la copa tiene ganas de saber que antes fue arena, y que la playa sigue siendo playa y estando ahí aunque hace mucho no la vea, que vivir a lado del mar no te aleja de las tormentas. Y que llevarte las manos al pecho o al pulso, no te aleja de cualquier clase de final…

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No puedo tomar café.

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Hace mucho, en mi bolsa solo cargaba la cámara y mis notas. Desde hace unos meses las notas se quedan: la mitad en casa y la otra en el oasis. La cámara viene y va. Si no viene no hay problema.

Se comenzó a hacer más importante el estar al pendiente de las pulsaciones y del miedo, de los frascos de pastillas y las recetas (por si me detienen, pues cargo hasta jeringas preparadas), la hojita de la dieta se me perdió ‘extrañamente’ no sé donde está, pero recuperé 3 kilos y mis cachetes de siempre. 

Los “no puedo” se aferrarón rapido a los oídos como aretes de perla; Viejos verbos que siguen siendo usados sin pasar de moda. Diablitos columpiando en las entradas de la cueva, dispuestos a gritar de vez en cuando para hacer eco y asustar. Así rapidamente supe que no podía más hacer esto y aquello. Nunca me dije: “esto no más”. “de esto menos”, “de esto nada”.

Ahora tengo más “no puedo” aferrados al costal de costumbres que me hace ser (?). Basta ver una imagen de alguien (disfrutando el) tomar café, para despertar al verdugo y sentir el pinchazo de su lanza en cualquier parte del cuerpo, así, de inmediato las demás desascosas comienzen a correr como hormigas sobre mi conciencia. 

Hace mucho que en mi bolsa no vienen tampoco ideas largas, y si son largas no son permanentes, y si son permanentes no son sanas. Tambien hace bastante que no me compro una mochila nueva, y la que tengo cuenta ya muchas historias (algunas nada gratas). La cámara promete venir de nuevo dentro, pero al mirarla pienso que tambien hace falta una nueva. De inmediato pienso que lo unico que cambió es todo lo que me adorna, como los simios que se roban cosas brillantes para ser distintos en el clan. Pienso que de mi cuerpo no me he cansado, pero la verdad dista. Me pregunto cuanto tiempo voy a poder seguir cambiando la cámara, la mochila, la mirada, en este mismo cuerpo que sigue cargando los pasajes viejos que sobran de la esencia de las cosas arrumbadas y que en realidad transporta menos de lo que digo, soy. 

Pienso que es en la mente donde se debe escombrar, pero aparece el espejo (y los de la calle, que son mil veces peores) y ante el(los) no hay realidad manipulable, ni letra cantable, ni trucos de lenguaje. 

Ir de aquí para allá se hará viejo, pronto, tambien. 

Y yo solo pensando en que “no puedo” tomar café. 

Pensando en el musculo que late solo desde antes que le pusiera atención. 

Olvidando al tambor que grita. cada vez que vivo cosas que me hacen sonreír al recordarlas…

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Cumplidos al presente

Valentín no ha tenido más remedio que aprender a soltar la vida despacio. Se he dado cuenta que el tiempo no se agota a lo largo de la vida, simplemente hay un instante en el que deja de fluir y punto. Se cierra la llave que deja pasar la albúmina de la que come un anima, siendo poco probable que vuelva a abrirse.

Lo triste del caso es cuando alguien esta ahí, detrás de Valentín cerrando despacio la llave de donde sale la vida, asustándolo, así lleva ya casi sesenta días cumplidos al presente, con un fantasma nuevo en la bolsa, haciéndolo caer en recuentos múltiples, abriendo siempre el cajón de las peticiones finales y haciendo más larga la lista de las únicas palabras que el mundo le tomará en cuenta, las dichas mientras en un pie se balancea entre este plano y la nada que algunos dicen esta llena de cosas mejores que esta.

No hay más remedio que decir que uno ha aprendido a vivir con algo a cuestas, es una manera modesta de declarar que jamás se estará a gusto con tamaña circunstancia. ¿Y quién salvo muy pocos y muy justificados pueden estar contentos con la idea de que la llave de la vida este descompuesta, y el flujo se corté a ratos?

Si la gente se preocupara más por entender que la espalda del presenté es una mentira, se daría cuenta como Valentín, que lo peor de dejar de existir, es que suceda en presente.


Media Vida

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Hace veinte años yo no estaba en ningún lado y eso me permitía estar en todas partes sin ningún problema. Escribía y recitaba sin grandes complicaciones sobre cualquier papel y me dejaba escuchar en cualquier oreja o caracol que se pusiera en frente. Hoy no puedo dejar ir más de dos lineas en un papel sin escuchar por respuesta un: “tu decidiste”.

El miedo que un día fue pequeño, hoy ha hecho un hueco en mi vida y no tiene intención de desalojar ese lugar del cuerpo en el que se implantó. Casi siempre me preocupo por no darle de comer, y al hacerlo le sirvo banquetes que solo en la imaginación se han visto. Cuando tenía doce años pensaba que me iba a morir a los veinte, y creo que ese es el problema. Solo pensaba vivir veinte años y se me olvidó apagarme a tiempo. Llevo casi cuatro años bailando una canción compuesta por alguien que ya no sabe escribir como antes. Y todo lo que tenga que ver con el antes esta bien. (dice el nudo de asco que se me forma en la garganta mientras escribo a la fuerza)

Volví a visitar recuerdos. Parece que al estar frente a ellos el miedo que vive en mi y de mi viciado, se apaga. Se me olvida que tengo la enfermedad del descuido y al volver a ver las ventanas de una casa antigua donde viví, huelo una nata oscura que esta llena de la vibra de un niño de cinco años que juega con un perro amarillo y tiene pósters gigantes de jesucristo pegados en la pared de su cuarto. Un niño al que le gusta brincar de un sillón a otro en la amplia sala regalada de una casa prestada, vestido con un pantalón blanco y una camisa noventera de vivos básicos. Respirando de una realidad quemada y nula que alguien más mira desde afuera en el tiempo.

Vuela hasta la mente un recuerdo: caigo por las escaleras de esa casa mientras lavo el plato del perro y a orillas del eslabón de la cima, resbalo sin saber como entre jabón y gritos, me detienen los eslabones mas anchos, llego hasta el primer descanso del segundo piso y freno golpeando con mi cabeza un contenedor para gas. Mi madre grita desesperada que no me muera y después de un rato despierto.

En ese entonces no tenia miedo (ni a la muerte, ni a la agonía), solo me atemorizaban los cuartos vacíos que no ocupábamos y que siempre estaban oscuros, ensanchando el espacio de una casa de tres plantas que nunca tuvo barandales y en la que nunca me volví a caer para no dar más sustos a mi madre, que ocho años atras ya había perdido a un hijo. 

Debí haber planeado vivir más de veinte años. Probablemente los recuerdos serían mas claros y permanentes. Lo que mas me molesta de estas crisis (o lo que mierda sea que sean), es el hecho de tener que ir hasta el lugar en que crecí para respirar el mismo aire que me acompañaba todas las mañanas camino a la escuela. 

De vez en cuando soy el loco que cada año se para quince minutos frente a la casa abandonada de San Miguel. La casa que prende sola en llamas por la noche, según palabras de los muchachos que frente a ella rebotan una pelota de tenis toda la mañana. 

- Despues de que vivieron ustedes aquí, la casa se quedó sola como por 5 años. Luego se la prestaron a una señora que hacia limpias y cosas de brujería. En una borrachera ella y sus hijos quemaron la casa. Despues de que se fue ‘la bruja’ empezamos a escuchar cosas. como si hubiera gente adentro. Hay días que de la nada, vuelve a salir fuego… -

- ¿Van a comprar la casa?

- Sí, por eso vine a ver si todavía estaba el anuncio. 

- Pos nomás hagan una misa. 

- Sonrio -

Yo solamente quería un pianito que vendían en el mercado, y que nunca me pudieron comprar…


Cachito

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Hay una variante de la muerte zurcida al pie de la infancia, justo al costado del cierre que sella aquella crisálida que nos hace perpetuamente inocentes. Una variante de la justicia que envuelve la albúmina miedosa que embriaga a los niños, provocándoles sueños de varias noches seguidas y risas fuertes como el estruendo de una bomba maligna. Como un costal de harina cerrado con listón, de ese que con un tirón se suelta abriendo la boca del inerte contenedor que acariciado por la gravedad del planeta comienza a balbucear rápidamente las verdades de que esta lleno.

Hay una espina clavada cerca de donde debiera estar el pecho. Una espina que no quiere salir y que lleva días provocándome toda clase de dolores, envuelta en miedos, con puntas resultantes del constante masticar las promesas y los planes; Obstáculo, como todos los de más - invisible- y al mismo tiempo paralizante y desesperado. 

¿Es esto una cosecha? 

Es esto otra lista en la que guardo los inocentes cachitos de una idea que no se formar (ni tomar).

Es esto una crisálida seca que busco de manera desesperada, queriendo poder vivir de nuevo en ella.

Es esto la imágen de un perro de edad adulta y raza grande queriendo comer del fondo de una lata pequeña.

Es esto quizá una nueva versión de viejos finales que me he cobardemente forzado a dejar abiertos. Es esta espina clavada en mi pecho un cachito de tiempo que no sabe a donde ir.

Nadie, salvo yo, es el único culpable (responsable) de tener tantos sacos de guardad sin cerrar por debajo. 

¿Es esto un arregla tu cuarto?

Es esto el contrarreloj mas complejo del mundo. Nadie puede dar cuerda a esta maquina. 

A veces yo.


Lejos, para querer estar cerca de nuevo.

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Detenerme a pensar en lo que parece lógico y debería serlo, me provoca encender la caldera que llevo dentro del estomago. Apenas empiezo a pensar en bruto sobre las ideas que intento organizar en un papel y el magma comienza a subir desde mi inmenso estomago hasta el esófago, alcanzando el timbre de un asco que es solo mío y que por tanto solo yo reconozco. 

Lejos, quiero estar lejos de mi país. De la gente que me ama y que busca. Quiero despertar en un sitio completamente extraño donde apenas pueda comunicarme, eso quiero. Quiero estar lejos para poder llorar sin complicaciones de tiempo, sin tener la necesidad de buscar un lugar y un pretexto para esconderme. Un lugar con una fuente enorme y que tenga encima una escultura exclusivamente francesa que evoque la libertad de las ropas apenas cubriendo la moral de aquella estatua. Que tenga una mano levantada, pues quiero en la cima de esta fuente colocar todas mis mentiras, siempre he creído que hay que estar cerca de una fuente al decir una mentira, para ponerla en la cima y así, cuando esta mentira ruede hacia abajo se ahogue de inmediato. 

Quiero dar la vuelta a la pagina de este libro que no es ligero ni pesado. Estoy cansado de ponerle salsa a las palabras para que se note que de verdad queman. Siempre que escribo me viene a la mente la idea de que soy el más idiota del mundo y no sé como expresarme. Quiero irme y dejar las exageraciones guardadas en una bolsa bonita para basura, levantarme temprano y esperar al camión recolector para ver como se la lleva. Estoy cansado de estar enamorado de los sonidos que hace una guitarra al saber tocarla y sentirla tan lejos. Al mismo tiempo estoy muy ocupado enlistando lo que me gusta y no me gusta. Por que me gusta mostrar mi drama dividido en un plato de tres divisiones. Sin mezclar carne, queso y verdura. 

Quisiera ser mas sencillo. Desvestirme de mi y amanecer sin ninguna prenda que me hable o me haga actuar como el yo de antes. Perder de golpe la memora de lo que no me gusta y volver a descubrir el mundo como lo hace la gente que todo el tiempo vive sin importarle nada. Amanecer queriendo ver todas las películas que pasan por el canal de diversión los domingos una y mil veces, hacer el idiota todo el tiempo, perder la noción de lo que siempre está en mi cabeza y lavarme la cara una vez al mes sin que las alergias aparezcan. 

Dejar de ser yo estaría bueno. Así no sentiría la necesidad de buscar con google por dos horas a una persona por su username y decirle: "Yo te quiero, un abrazo de alguien que no te conoce"; solamente porque le he visto un comentario escrito donde decía que estaba mal por algo o con algo. Así la pena al ser reconocido o halagado se convertiría en un alimento converso en lugar de la incesante cantidad de antojos con los que me consiento. Así sería sumamente egoísta con mi dinero y mi manera de gastarlo. Probablemente haría una fortuna en pocos años. Así botaría a los amigos que ya no quiero con maldiciones y no sentiría remordimientos en mitad de las noches en que la paso bien lejos de ellos. Me despejaría de incógnitas porque de inmediato las desecharía al diablo y cada vez que vinieran a la mente un trago de cualquier cosa embriagante las arrastraría. 

Viviría desenamorado, no dejaría el corazón en tantas cosas. Todas las letras que he juntado por aquí y por allá seguirían sueltas y libres. No tendrían necesidad de ensuciarse al alinear con mis ideas.

Quisiera estar lejos. Y además quisiera no conocerme del modo en que me conozco. Desaparecer de esta noción que es mia y dejar en la bolsa bonita de la basura mi bitácora de los ciclos. Esa que cada vez que reviso me dice que no me sirve de nada estar lejos, siempre ha sido inevitable dejar de ser el mismo. 

Bienvenido de nuevo, Diciembre.

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Lunes Revuelto

El tabaco encendido descansa a un costado de la cama. Solo fue besado para que empezara a arder y de ahí en adelante solo sirve como un incienso que rodea la vida de un aura todavía mas amarga, empañando sin querer las gotas que el calor de estar adentro ha dejado en la ventana alta, volviendo al lodo un chorrito que paciente deja pasar un lunes de hielo escurrirse por las persianas.

Las sabanas arden de nueva cuenta, recordando a los miles de amantes que siniestros asecharon en mitad de la noche sus fibras, mientras estás envuelto en ellas respiran a cobre mojado. En la tele hablan de violencia, al instante me recuerdo de 10 ó 11 años, aprendiendo un dialogo larguísimo para un concurso de la escuela, me puedo ver todavía en el estrado del patio, rodeado de niños que curiosos me escuchan rasgar las cuerdas de una historia que secretamente era mia.

Calo con suavidad el cigarro tres veces más y recuerdo a los chicos que pagaron la habitación de un hotel que daba de vista frente al tren, solamente para fumar marihuana desde la ventana. Una mujer diferente vuelve a hablar en la televisión de discriminación, de aceptar nuestro pelo negro y dejar de hacernos rayitos de colores; insiste en “amarnos morenas” y al mismo tiempo pienso que también deberíamos respetar a las personas que aman hacerse rayitos güeros en el pelo, de abrazar con la mirada a las personas que van desenfadadas los Lunes por la mañana. 

Ahora que escribo desde la soberanía de la soledad que lleva de mí hasta el nombre -pienso- que el niño que hablaba a ciegas su historia en medio de una rueda llena de sordos, se acostumbró a mezclar la nulidad con la verdad hasta volverla un lodo escurridizo que a veces le sirve como tinta. Huelo en el espejo que aprendió con paciencia a fragmentar el secuestro de las miradas que no abrazan ni saludan con una sonrisa; siendo tan facil producir mentiras.


Preguntas II

¿Aún no te haz dado cuenta de lo bellas que son tus cejas?

Como ramitas en la copa de un pino, que traviesas se hacen de brazos pequeños un cuerpo largo que intenta con un dedo, cortar el aire que le separa del cielo.

¿Como es posible que aún no te des cuenta?. Tienes una corona encima de cada ojo y un abanico de medios dientes que a ratos actualiza esas pausas sin ventanas por donde ves la vida, ese vaivén de pasos sin cortinas abrazadas a las piernas que con el aire de la puerta se mecen hasta vencerte el ritmo. 

¡Que bonita es la piel de tu frente! (aunque pienses lo contrario)

Con esos arañazos que me siguen diciendo que un día fuiste infante. Esa piel re-hecha que me grita desde su pálido color poetico que te marcaste a propósito un recuerdo en la carne. ¿Que se siente seguir teniendo ese lazo con una versión de ti misma que ya no existe?

¿De donde se sostiene el vestido en el que el destino te envuelve el alma cuando no estas escribiendo?

¿Donde guardas todo eso que crees que no llevas puesto?


Inservible

Hay personas que nos pagan por hacerles compañía, por escucharlos repetir mil veces lo que han ensayado a solas. Gente que siempre está rodeada de un escudo imaginario que dice ser su familia, un campo semántico que -a fin de cuentas- forma parte también de los ornatos que conservan celosamente en casa, al costado de las medallas, trofeos y premios. Igual de inertes y fríos, pero siempre a la mano y vista. Inútiles, rellenos hasta el tope de una transparente y espesa apariencia.

Gente que paga bien para poder incluir en el trabajo un par de gritos por minuto; Escupos que vienen húmedos de prepotencia y cargados de sal, mas bruta, que amarga. La sal añeja que se junta en las esquinas de los días en que se mantuvieron callados. 

No hay mucho que hacer a ese especial cliente, salvo soportarle. Parece que en el paquete que recibimos al hacer voto de pobreza se incluye en el número uno de los insumos, la capacidad de soportar al amo, que casi siempre está solo.

El que paga sabe sin dolor alguno que no está gastando. Sabe que abona y resta a esa dosis de karma negativo puntos, series, lineas largas,(que le terminarán hundiendo, más que salvando) como los tickets que salen de las compras que sus hijos traen al volver a casa desde el extranjero. 

Los sirvientes estamos usualmente sentados en la misma banca del hartazgo, una banca larga y pegajosa que siempre endurece las ganas y con el tiempo va borrando las sonrisas que acompañaban a los actos de cortesía. La indiferencia es una corteza que vamos madurando los árboles que estamos destinados a ser cunas (o leña).

Lo interesante es que después de saber que pasamos la mitad de la vida renegando, tenemos una otra, partida a su vez en dos trozos. Esa cuarta parte destinada a esperar que algún día el destino decida dar en “U”, una vuelta, en la que seamos entonces los sirvientes amos, y los amos nuestros verdaderos amigos. Amigos con quienes hablar en el chalet por las tardes de cosas mas altas que nuestras culpas. Amigos que cuando entre el sirviente a cambiar los platos, podamos hacer con la lengua una escalera hasta el suelo, para que el nombre de nuestro mozo pueda subir y volverse humo en medio de un halago:

"…deberías ver que trabajador y honrado es este muchacho"

Un halago que erice los pelos al alma del gato, con la intención pura de hacerle un contento secretamente gratuito e inservible, como el inanimado danzar de un títere, envuelto en ropas (viejas) de encajes pronunciados (y al mismo tiempo empolvados), casi a punto de verse marchitos. Intocable fibra de hilo con el que se tejen los listones rojos que llevan las medallas. 

Sonrisas que acarician la mejilla de esa mentira que cada vez tiene más frio. Trenza amarrada con fuerza a la base del cráneo, compuesta siempre por la confusión de los dos polos de lo aprendido, y la cuarta parte que sobra de lo que somos después de servir.


Versal

Dialogar contigo sin que estés presente es una de las cosas que más me llenan el alma. Aún recuerdo cuan difícil era que me escucharas hablar de sentimientos y de reglas, por eso imaginarte así, sentado en el rincón de la azotea de tu casa, sin cruzar palabras mientras me expreso. Es algo que me calma, ¿…Sabes?

He pasado por tantas etapas al hablarme a solas de tu recuerdo. Lloré por meses, te extrañé un par de años, te escribí como 200 cartas que disfracé de textos. Me llené de palabras, borré y guié por los mismos caminos distintos cuentos. Hasta que esos mismos me enseñaron que no faltabas tanto. Las mismas palabras de amor con las que te envolvía y te dibujé mil veces se volvieron lineas simples, y esas lineas tijeras. No sé en que mes de todos estos que hemos pasado lejos me desperté sin la necesidad de entrar a revisar tus mensajes viejos. A ver tus fotos y sentir que el corazón se sale y te escribe que no importa el tiempo, que tengo cientos de perdones, que te espero. No se en que día vino el olvido a llevarse todo lo que había aquí de ti, y lo agradezco.

Llevo cinco años colgándole a las estampas que me encuentro por la calle un letrero amargo que grita mi nombre. Una marca de agua que las hace mías, que las obliga siempre a pertenecerme y a estar dentro un inconsciente oscuro. A ellas también suelo olvidaras. Y es inevitable dejar de asociar esa foto (que ya solo existe en mi memoria) con el olor de tu perfume volando junto al vapor que provocaba tu cuerpo sobre esa chamarra desgastada de cuero oscuro, mojada por la lluvia. Es inevitable darme cuenta que no estoy más enamorado de ti, pero que sigo enamorado de esos centenares de símbolos que me rodearon mientras me acompañaste en el viaje de inicio. 

Por eso cuando vuelvo a ver una foto tuya recuerdo que sigo enamorado de esa etapa de mi vida en que desconocía tantas cosas, en la que estaba tan ahogado en mis sueños. Esa etapa a la que solo asocio con tu recuerdo idealizado y siniestro. Como esa flor de metal a la que le tomé una foto y que no existe más. Como ese dialogo en el que me escuchas y después te vas a seguir haciendo feliz al niño que te quiere en mi recuerdo. 

Sucede que hoy he vuelvo a ver una foto tuya y pienso que colgué tu nombre en muchas emociones que solo eran mías.

Ha pasado el tiempo y de nuevo vuelvo a escribirte, es mi manera de pagarte por la lección que aprendí de ti sin que tu supieras. Aun me cuesta entender que lo que nace en mi cabeza solo me pertenece a mi, que nadie provoca nada. Me pesa en los hombros el saber que influyo en el universo; que los pulsos que doy sobre estas teclas blancas, ahora mismo le están torciendo el camino a alguien que no me conoce ni me ha visto nunca. 

Hay que soltar esta cuerda. Pese a saber que es la más afinada.